Hace quince días, en plena huelga de celo de galenos, me hice el enfermo imaginario y me fui a las urgencias de un hospital a que me trataran una dolencia del alma. Me acomodaron en una sala de espera cutre y después de una hora, me llevaron a otra sala cutre:
- ¿Qué le ocurre a usted? -me preguntó clavándome los ojos una médica joven.
- Pues no lo sé -le respondí, usando también como saetas mis ojos, que cubrían una gafas negras. A eso he venido, a que me lo digan ustedes, que se supone que entienden del tema.
- ¿No le parece eso una grosería?
- Pues mire usted, señora médica, no me parece una grosería. En cambio sí me parece una grosería estar esperando una hora y que en vez de preguntarme por los síntomas, me preguuuuuu... Decía yo esto cuando se abre de repente la puerta de la consulta, se asoma un médico muy joven, y le pregunta a mi galena que qué hace con la señora.
- ¿Qué hago con la señora? -pregunta el médico con aires despectivos.
- Tírela para el Tormes -le respondo yo- que no está tan lejos. Así acaba con ella de una vez.
- Usted, cállese -me ordena el joven galenillo como un basilisco.
- ¿Cómo que me calle si estás hablando de una enferma como si fuera un fardo?
- Le he dicho que se calle.
- No sé si sabrás que soy periodista y estoy haciendo un seguimiento de la huelga. Supongo que luego le podré preguntar a la señora si considera que está recibiendo un trato adecuado.
Cuando dije que era periodista, la médica cogió al colega por el brazo y le dijo:
Ambos salieron y al momento volvió la médica. Me mandó desnudar de cintura para arriba y me auscultó mientras me hacía tomar y soltar aire paulatinamente.
- Creo que he sufrido una bajada brusca de temperatura -dije cuando terminó de auscultarme.
- Una hipotermia -infirió ella-. Bueno -añadió- ahora vendrán las enfermeras, le tomarán la tensión y le sacarán una poca de sangre para hacerle una analítica. Y se marchó sin despedir. No me extrañó, además saldría en su interior despotricando de mí.
Ahora entran las enfermeras y una de ellas me clava de sopetón, "Túmbese", "¿cómo que me tumbe? Es que usted no sabe decir ¡buenos días! y acuéstese usted, por favor", le respondí igual de basilisco que me había respondido a mí el médico, pero con más impertinencia que la suya. Además, mi papel era ése, el de comportarme como un curioso impertinente. Luego me callé y "me tumbé". Ellas también se callaron. El ambiente se volvió una verdadera tumba. Ni un mutis ni una palabra en la escena. El verdadero mutis lo hice yo, pues no esperé a que me dieran los resultados de la analítica, que tardarían, según me informaron, dos o tres horas en llegar. Entonces yo ya podía estar muerto. Pedí un parte de alta voluntaria y me fui. Al día siguiente mandé una carta dirigida al director/a de urgencias pidiéndole disculpas por mi comportamiento grosero. Ahora estoy meditando repetir la experiencia más veces y escribir un relato, incluso estoy pensando muy en serio en interpretar el mismo papel, pero contextualizado, en la redacción de un pequeño periódico provincial de provincias. Moliére está más vivo que nunca, pero los usuarios del Sacyl, al menos en la zona rural, tienen una Espada de Damocles sobre sus cabezas, mientras en Valladolid duermen en su poltrona como lirones. Yo, vengo forzado a contar cosas de poca importancia, como León Felipe en la Alcarria.
Alfonso Toribio
(El Maderal )
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