LA LETRA Y SU EXPRESIÓN
ARTÍCULOS DE OPINIÓN
EL JUICIO

                   El día dieciséis de junio del 2009 volví a Valladolid después de muchos años. Había cogido el AVE en Chamartín. Me levanté a las cuatro y media de la madrugada. El tren salía a las seis y treinta y cinco y no tardó ni una hora en llegar a la vallisoletana estación de Campo Grande. La vista del juicio era  a las diez. Al salir de la estación me di cuenta que enfrente estaba la estación de autobuses en la que un día, hace muchos años, me bajé del autobús dirección de Capitanía General. Caminé por la Avenida Zorrilla, por la acera. Al otro lado de la calle estaba el parque donde unas chicas picaronas una vez me piropearon diciéndome “¡Tío bueno! ¡Vaya culo que tienes! Había llovido mucho desde entonces, pero la imagen en el recuerdo estaba intacta. El día estaba plomizo, pero hacía mucho calor. Era ese calor asfixiante y pegajoso que pronostica tormenta. Doblé una esquina y crucé el puente sobre el Pisuerga. En mi bolsa de viaje llevaba el grueso  libro de mi tocayo Ildefonso Falcones titulado "La catedral del mar". Atravesado el puente volví a girar a la izquierda con la intención de bajar hasta la orilla del río. Según me aproximaba al fluir del agua para sentarme en la orilla  en una especie de taburete largo de madera, que se hallaba a un metro del agua, una madre pato le dio la voz de alarma a su prole y ella y los suyos se precipitaron desde el cemento al fluir de la corriente, nadando con dirección a la otra orilla poco a poco, pero con la seguridad de verse a salvo. Yo observé alejarse  a los patos y pensé que también es bueno el dicho de que, “Nada como pato en el agua”. Estuve allí sentado hasta que los vi llegar al otro lado donde había una vegetación frondosa. Me llamó la atención un árbol cuyas gruesas raíces quedaban al descubierto, sin duda la tierra que las cubría había sido erosionada por años y años de febriles aumentos de caudal. Luego subí a una carretera con carril bici y me senté en un banco y me quedé mirando para los alrededores, y sobre todo para los ciclistas, que intermitentemente pasaban delante de mis narices. Una ciclista muy guapa llamó mi atención, pero más lo hizo su entrepierna, en cuyo fondo pude ver un instante sus bragas negras. Eso me excitó. Un operario que yo no había visto y que se hallaba al otro lado de la carretera arreglando unos setos le silbó a la chica que iba en bici, ésta iluminó su cara con una sonrisa. Al instante cruzó delante de mí. La seguí con la mirada como había hecho con los patos y me imaginé retozando con ella en la cama. Saqué el libro de Falcones y me puse a leer, olvidándome del entorno centrado en lo que leía. Lo que leía me enganchó. Estuve mucho tiempo leyendo. A las nueve y cuarto me dirigí  a los juzgados, entré y me informé de la sala donde se iba a celebrar la vista. Me fui de allí y entré en un bar de los alrededores. Pedí una caña y me puse a leer el diario El Mundo porque era el que tenían. Más bien lo que hacía era hojearlo, pues con la cercanía del juicio era incapaz de concentrarme del todo. A las diez menos cuarto estaba delante de la sala donde se iba a celebrar la vista por la barbaridad cometida con mi madre por unos médicos incompetentes cleptómanos de la vida. Ya estaba allí la que adiviné enseguida era la parte contraria. Me miraron y yo los miré con todo el odio de que fui capaz. Me alejé de ellos por el pasillo, dándoles la espalda y restregando las suelas de mis zapatos por el suelo. Me di la vuelta y los encaré de nuevo. Me miraron a los ojos y a los pies y yo los miré fijamente  de nuevo con el mismo odio. Las suelas de mis zapatos chirriaban con más gusto, pues me los imaginaba aplastados como insectos aunque supiera que cumplían con su labor y que hasta el más deplorable criminal tuviera derecho a un defensa digna, pero para mí sólo eran insectos asquerosos y venenosos cargados con el primperán que mató a mi madre. Mi abogado, mi procurador y mi perito llegaron pasadas las diez. La secretaria del juzgado hizo la llamada y entraron ellos primero, a mí me preguntó que quién era yo, le dije que un ciudadano, pero mi abogado aclaró, ya dentro de la sala, que era la parte recurrente; entonces la jueza tomó la  palabra y dijo que estaba allí en calidad de recurrente, no de ciudadano. Le hice constar de nuevo a la jueza, que no, que yo estaba allí en calidad de ciudadano que venía a comprobar si el artículo cuarenta y tres de nuestra Carta Magna se cumplía o no. La secretaria me pidió el carnet, y una vez sentados todos, comenzaron los preliminares. Primero empezó exponiendo los hechos mi perito mientras el suyo esperaba fuera en el pasillo. La jueza escuchaba y tomaba notas. Cuando terminó de hablar mi perito médico, la magistrada cedió la palabra a mi abogado y a la abogada de la parte demandada, los cuales preguntaron al perito. Al final felicité y le di la mano a mi perito por la exposición cabal y real que hizo para demostrar la negligencia médica. La secretaria del juzgado llamó a su perito, que basó la defensa de los anticristos de la medicina que mandaron a mi madre al otro barrio en la ingesta de un melón. Cuando dijo lo de la ingesta del melón yo no me pude contener y solté una carcajada. La jueza me llamó al orden y le dije que no volvería a ocurrir, que yo era una persona educada. Su perito continuó defendiendo lo indefendible y diciendo sandeces.
     Vaya una medicina que tenemos en la zona rural de La Guareña, pensé yo, que echa la culpa de un infarto a la ingesta de melón. Me acordé de los burócratas escondidos tras una mesa de despacho, incluido el Consejero de Sanidad, en la calle Zorrilla, por la que no hacía mucho había paseado yo. Melón y uvas es lo que me gustaría haberle dado yo con un mamporro a esos imbéciles que toman al ciudadano por el pito un sereno, o mejor pagarles con la misma medicina, cortándoles la cabeza a cerce con la hoz con la que mi madre había segado de sol a sol para que yo pudiera estudiar como Dios manda, en la capital. ¡Canallas!, no tenéis nombre, y si lo tenéis es el de traidores de Hipócrates y gente descomunal y cobarde.

                                                   Alfonso Toribio

PD: La palabra “cerce” no viene en el diccionario. Yo la he escuchado en El Maderal. Me supongo que es una palabra derivada del verbo “cercenar”.