LA LETRA Y SU EXPRESIÓN
ARTÍCULOS DE OPINIÓN
LA MEJILLA HIPÓCRITA

                                       

     Los hechos viles que han saltado en Irlanda a los medios de comunicación, claman justicia del cielo o del infierno, pero parece que sólo se obtendrá de lo que pueda hacer la justicia humana y el código penal de los irlandeses. De todas formas yo me pregunto quién puede devolverle la inocencia perdida y borrarle de su mente el daño causado a los niños y niñas violados. 
   Como todas las instituciones, la Iglesia es una más, la cual, una vez que Constantino le dio el estatus de religión del imperio, se instaló en el poder, a cuyo calor de sopa boba y riqueza creyó vivir eternamente. “La Revolución Francesa”, hija de la Ilustración, le dio el primer toque serio intentando separarla de la teta de la que mamaba despreocupada. La Ilustración puso de manifiesto que la razón mueve montañas, y significó el punto de inflexión lindera que hay entre lo que era estado y lo que era credo religioso, por muy influyente que éste último fuera.
     Cuando la Iglesia comenzó a predicar aquello de haz lo que diga, pero no hagas lo que yo haga, corrompió las bases morales que sostenían su credo. Jesucristo les dijo a sus discípulos que cuando llegaran a un sitio a predicar “La Buena Nueva”, y sus habitantes no los recibieran como es debido, estos deberían sacudirse la tierra de las suelas de sus sandalias e irse de allí con sus prédicas a otra parte, sin embargo, una vez que la Iglesia se asentó en el poder del “Poder” usando las herramientas del estado, entonces comenzaron a  metamorfosearse como camaleones, de ahí que se convirtiera en una longeva institución, llegando a ocupar de lleno el poder político, como ocurrió en Francia con Richelieu o en España con Cisneros.  Ahora ocurre lo mismo, pero en Irán, donde el emperador se fue con el rabo entre las piernas, dando paso a la saga de ayolás que gobiernan aquel país musulmán.
   Jesucristo con lo de sacudirse las sandalias, dio a entender que a nadie se obliga a nada y respetó lo más sagrado que posee el ser humano: la libertad de elegir. En eso consiste la libertad con mayúsculas, en poder elegir y pensar como a uno le dé a entender su albedrío. Jesucristo no dice en ningún sitio de su magisterio que hubiera que convertir a la gente por la fuerza o la violencia, cosa que sí hizo la Iglesia después y hacen en este tiempo los fanáticos del Islán. La España Imperial entró a saco, primero con la espada y luego con su cruz sangrienta. El resultado fue la aniquilación de civilizaciones, la aniquilación de otras maneras de interpretar el mundo y la existencia humana, porque su perspectiva era la “verdadera”.
  La verdad es que las religiones, que imponen sus creencias a sangre y fuego, carecen de razón, porque la sangre derramada y la violencia usada, se la quita. Para convencer hay que persuadir,  y eso sólo se consigue argumentando, no quemando gente ni obligando por la fuerza a nadie a abrazar ninguna creencia.
  Quiero separar meridianamente dos elementos fundamentales en las religiones, aunque sea a veces harto difícil hacerlo, sobre todo en una religión como la islámica. Por una parte tenemos a los gurús, es decir, a la casta sacerdotal de cualquier credo, que sabedora de la faceta existencial del hombre, impone, receta o defiende su estatus con vehemencia e inteligencia, pues sabe que de no hacerlo, dicho estatus corre peligro, por eso machacan cualquier herejía, así, por ejemplo, la amenaza que representaban los Cataros contra la Iglesia Católica de aquellas fechas, fue una excusa para tratarlos como herejes y rebeldes sociales y quemarlos o decapitarlos. Por otra parte tenemos al creyente particular, ese ser humano que se pregunta sobre su transcendencia y cree en el más allá, y por supuesto respeta a los demás y no impone nada a nadie. La dignidad de este tipo de creyente está fuera de toda duda.
    Pero si retornamos a una de las clases sacerdotales, concretamente la cristiana, se nos cae el alma a los pies. En Estado Unidos, hace unos años, saltó a la palestra de los medios de comunicación la pederastia y la violación de niños y niñas. Ahora, un informe contundente pone ante nuestros ojos la misma inmundicia humana. El informe irlandés habla de más de cuatrocientas violaciones probadas llevadas a cabo por el clero de aquel país, dicho informe resulta demoledor, y lo que es peor, los deleznables hechos expuestos fueron ocultados en su tiempo por la jerarquía católica, limitándose ésta a cambiar a los curas delincuentes de parroquia, con lo cual estos continuaban practicando violaciones al poner nueva carne tierna a su disposición de forma impune.
 Es aún todavía más grave que el actual papa, que ocupa la Silla de San Pedro, fuera entonces, cuando ocurrían los hechos, quien llevaba el Santo Oficio, estando al tanto de todo lo que estaba ocurriendo en las iglesias de Irlanda. Ni la jerarquía eclesiástica irlandesa ni el propio supremo inquisidor de aquel momento cortaron por lo sano, separando y entregando a la justicia de los hombres a quienes eran simples criminales violadores. El haberlo hecho hubiera evitado nuevas violaciones y el destrozarles la vida a nuevas víctimas. Dejaron que el diablo anduviera suelto en forma de hostia sacrílega bendecida por los satanes de turno. Ni la jerarquía ni el inquisidor eran culpables en principio de que ciertas piltrafas humanas con sotana o mitra cometieran tales actos de vejación imperdonable sobre niños y niñas, pues se sea rey o villano, el que la hace la debe pagar, pero al tratar de ocultar un delito y además ampliarlo limitándose simplemente a cambiar a los curas de parroquia, se convirtieron en cómplices.
   En fin, resulta de un cinismo y de una hipocresía incalificables, el que el propio Papa pida perdón por unos hechos gravísimos de delincuencia, cuando él mismo tuvo en sus manos, desde la autoridad que tenía entonces, el cortarlos de raíz y el  no promocionarlos encima. Pero Ratzinger se lavó las manos como Pilatos, permitiendo que niños y niñas fueran crucificados. Quien no evita delitos de delincuentes, siendo consciente de que se están cometiendo y además teniendo poder para corregirlos, como es el caso, se convierte él mismo en delincuente.  Aunque también es cierto que se convierte en un delincuente intocable, dado el cargo que ocupa en la actualidad. ¡Qué bonito es pedir perdón públicamente!
    A Benedicto sólo lo puede perdonar que Dios, yo, personalmente, no lo perdono, como supongo que tampoco lo perdonarán la mayoría de los niños y niñas violados con su aquiescencia, quienes desde el infierno que vivieron, guardan la huella del diablo en sus almas. 

                                                                Alfonso Toribio