Resulta paradójica la oferta de Esperanza Aguirre para mejorar la enseñanza en Madrid: “Hagamos institutos de excelencia donde los alumnos más aventajados de la pública tengan una formación acorde a sus altas capacidades”.
Hay que conocer la “analepsis narratológica” para entender a esta “niñata” del Opus. Por eso hay que adoptar una perspectiva objetivista de la realidad, retrocediendo y anclando el cronotopo bajtiano en el cuartel que era España en tiempos de Franco... y Martín Santos. Silencio, por pavor, se rueda: Entonces, se presentaban en las escuelas unos religiosos de hábito y cruzada del 36, y sondeando a los maestros, estos indicaban los alumnos más sobresalientes de aquella España de penurias. Algunos tenían suerte y eran elegidos y llevados al seminario medieval correspondiente en pleno SXX.
Ahora, esta parroquiana que insulta a los profesores con aires ofensivos de vulgar verdulera analfabeta, con sentido elitista balagueriano de la educación, pretende hacer lo mismo en plena democracia concentrando en centros especiales a alumnos con capacidades curriculares altas. Yo me pregunto mientras analizo la psicología de esta mujer, casada con un noble, pero no con la nobleza dantesca, por qué no hace lo mismo con los alumnos de capacidades curriculares bajas, que son los más conflictivos y los más necesitados: Un alumno bueno sale adelante solo, uno malo, se queda en el camino y es carne de delincuencia.
Esta mujer, que está al frente de la Comunidad de Madrid, para desgracia de la inmensa mayoría de los alumnos y de la sociedad en general, está creando un caldo de cultivo peligroso, el de la desigualdad de oportunidades.
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