LALETRA Y SU EXPRESIÓN
ARTÍCULOS DE OPINIÓN

 

 

SENTENCIAS Y LETRAS

 

 

 


         No tenía razón usted, ciudadano de la Aldea, que no sé si será el mismo y cuyo nombre no recuerdo y de todas formas es mejor olvidar, si bien usted es un convidado impertinente de piedra  a esta fiesta de la muerte en la que no se salva ni Dios.
     No tenía usted razón, señor Coordinador  del “Sarcófago del señor Purgón”, como llamo yo al centro médico que usted descoordinó en Fuentesaúco tan amablemente cuando murió mi madre, doña Florencia Toribio Sevillano, ahora duele más, aunque no con distinta sintomatología que la de entonces. Su diagnóstico fue tan erróneo, como el de los anticristos de la medicina que ahí hallaban o siguen hallando hura y usura, cuya falta de profesionalidad y negligencia voy a tratar de probar en el juicio que el próximo día dieciséis tendrá lugar en un juzgado de lo contencioso administrativo de Valladolid, ayudado por mi abogado de Madrid.
 Pediré un Moscoso y estrenaré el Ave para asistir a la audiencia del tribunal de justicia de Valladolid y me pondré una mascarilla intelectual  y una coraza en el alma para objetivar la mierda que lanzarán vuestro abogado del seguro y el cuadro de peritos médicos que la administración del Sacyl pondrá a vuestra disposición y a la suya, achacándole la culpa de la muerte de mi madre a un melón pasado. Yo me pregunto qué clase de medicina practican ustedes en el Sarcófago ése, aunque lo sé, y compadezco a los enfermos que caigan en sus manos y que no necesiten solamente ponerse una tirita.
    Yo ya he dictado sentencia, pero ésta es de imposible cumplimiento real, pues el Marqués de Sade y Robespierre, ya están muertos, y eran los encargados de hacerla cumplir, sin embargo, mi pluma no le va  a la zaga al primero ejecutando la sentencia dictada por mí, que soy juez y parte, ejecutada también con la misma contundencia cruel, pero definitiva, y con la ulterior jeringa envenenada de la  guillotina que tan profusamente usó el segundo.
    Recuérdele a esos cleptómanos de la vida que le diagnosticaron a mi madre lo que no padecía, que esto no ha hecho más que empezar, porque nunca terminará, dejando aparte la vía judicial, dado que la literatura es un arma, que bien usada, te permite poner tratamientos adecuados  a quienes se desvían de la deontología de Hipócrates o Maimónides, con una diferencia sustancial, que yo no erro el diagnóstico y aplico la receta que viene al caso.
     No quiero abusar de su tiempo, porque seguramente tendrá cosas más importantes que hacer que leer a alguien que os odia con toda el alma, tampoco quiero quitarle el precioso  tiempo a esos   mis encarecidos amigos, a quienes usted intentó arropar como un zorro,  por eso voy a ir concluyendo el último terceto de este soneto trágico que no tiene que ver nada y mucho con el que compuso Lope a requerimiento de Violante, o, si sabe hacerlo, desmenuce su  coherencia y cohesión internas y verá que lo que digo es cierto. Pero mucho me temo que dicho  análisis científico de este texto no esté a su alcance, y se quede sólo en lo que aparentemente quiere decir y dice también, con esto último me basta, pues yo no le pido peras al olmo y le digo, médico a tus jeringas.
     Espero que no sea usted tan corto como ellos con sus diagnóstico y entienda lo que expreso, porque yo no soy un pistolero, y lo advertí, pero si conozco muy bien el uso de nuestra lengua y el legado de los que la hicieron grande, cuyo carga de virus mortal hago y haré recaer sobre ustedes mientras viva y aun desde mi tumba, sin que por ello manifieste el más mínimo síntoma de falta de cordura y objetividad. Agárrense, que vienen curvas muy pronunciadas, y no me sean como niños cagados  como cuando el protagonista de “Sin perdón” usó el Spencer, al final de la película, sobre el cerebro del comisario que no había terminado de construir su casa, pero que sí fustigó y mató a latigazos al amigo que no había hecho nada. Por otra parte, aunque me gustaría usar el Spencer auténtico, reconozco que el mío dispara sólo balas de tinta y no produce sangre ni heridas visibles, aunque no por eso, deja de ser menos certero.
    Un consejo les doy para concluir definitivamente: No tengan la tentación siquiera, de usar la pluma, porque jugarían en mi terreno, y me darían motivos  para volver borrones lo que escriban, metiéndoles por el culo a cada uno once mil vergas más, bien lozanas e inhiestas ellas. No se les ocurra excitarme más de lo estoy. Calladitos. De todas formas no seré yo quien los prive a ustedes de hacer uso del artículo veinte de nuestra Carta Magna. Así que, lo dicho, “Médicos, a vuestras jeringas”, que el que avisa no es traidor, porque los tiempos de la Iguala, siempre a vuestro favor, prescribieron y pasaron a mejor vida. Pero en realidad estoy deseando regalaros un jamón ibérico envenenado, igualmente de tinta robespierriana, no os confundáis conmigo, yo sólo uso el folio virginal y lo relleno con tacto, sois vosotros los que vivís en el Oeste practicando la medicina que practicasteis en la pobre cobaya que fue mi madre.

Amablemente, Alfonso Toribio, hijo huérfano de Florencia Toribio Sevillano.

PD: Un favor le pido a usted, que le haga llegar este soneto vanguardista  a mis amigos González Sevilla, a don “Anticristo” Andrés Benito, a Gómez Cruz, y a Cuadrado, de eso tiene un rato, en fin, a todos les remito a mi página de internet,  www.lalettera.com    seguro que nadie de ustedes pasará frío, pues allí tienen todos incluso sección privada para calentarse, y hasta una subsección exclusiva de Private con enfermeras picantonas. Sobre todo recuerdos calenturientos al ya citado Benito el de Fuentes, el gran mercenario de guardias.