¡Qué dos palabras estas!, que como todo el mundo sabe, refieren una realidad física en movimiento constante, cuyo referente está en una máquina orgánica, vital para el hombre y su conciencia, máquina que, al ser precisamente orgánica, incluso se puede “trasplantar” físicamente como se hace con la lechuga o el tomate, o en otra acepción de ritmo conceptual, trasplantar espiritualmente, como ocurre con los “actantes” de este país o con los herederos psíquicos de la leche en polvo.
¡Sístole y diástole!, ese es el único reloj que marca la hora del verdadero fin de año o la deja de marcar… “he aquí la cuestión”, que diría el gran coetáneo del genial manco en boca de su príncipe danés.
La ilusión de que todos seamos buenos en navidades, cuando en muchos lugares del mundo sólo continúa habiendo miseria y dolor, es una falacia del cristianismo, hecha con el corazón siglo tras siglo y año tras año: De buenas intenciones están los cementerios llenos.
El corazón, al ser el órgano más vital del cuerpo humano, y el ser humano al estar dotado de raciocinio y emoción, le ha atribuido, al que enlatado en el pecho dice siempre “sístole y diástole”, cualidades que trascienden el estatus material que le es propio; así decimos en estas fechas: “Te deseo próspero año”…de corazón, claro está, que es igual que querer decir con el alma lo mismo.
Ahora bien, el espíritu de la navidad, muy de andar por casa y muy válido él ya que está lleno de buenos deseos, tiene un corazón muy pobre y de corta vida, infartado diría yo desde Santa Lucía, aunque sólo sea porque… “Por Reyes, conocen los días los bueyes”.
Me da la impresión de que el ser humano, a pesar de todo, avanza durante todo el año como ha hecho durante miles y miles de años, incluso antes de que existiera el “espíritu consumista de la navidad”, y avanza sólo porque, en el fondo, tiene un buen corazón dotado de inteligencia y justicia, aunque todavía haya mucho señor feudal y actantes que lo arropen.
Alfonso Toribio