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EL OCULTO ASESINO
EL TRONO Y EL DESIERTO

 

Creciste agitando torbellinos
de flores,
y entregando tu voz a la libertad
y a los sueños.
Sentiste, que no la miseria
en el bolsillo del vagabundo estaba,
sino allí, en lo más recóndito
del corazón del hombre,
oscura, aterida, pavorosa…

Y pavorosos los espejos y las olas,
los badajos y las canciones.
Supurantes caminos
sin un alo de ternura,
destronadas palabras
cuando la Navidad se acerca
y a tu hijo ya no esperas
en la dulzura.

El dardo se te clavó en la sien,
invisible, y ciego como el desamor
en los amantes verdaderos.
Dardo asesino en la sombra expectante
de los inútiles hospitales,
donde los siglos, y sus galenos,
no son más que barquillos veleros
en medio de una tormenta de lodo y cieno.

Dardo asesino constante,
no apto para ignorantes,
que te derribó del caballo
y te pisó como a un insecto.

…Y terribles los espejos vacíos
donde voló la imagen oculta de la muerte.
…Y pavorosos mis ojos y manos.