Tuvo tu nacimiento
el orden trágico del viento,
la esfera violada de la veleta,
y la madera, impetuoso sastre mortuorio de alameda,
crepitó olas de muerta tierra oceánica,
pues los pajarillos, sin rumbo,
moribundos en un paraíso acrisolado,
sin sol redentor ni agua pura del corazón,
batieron sus alas asfixiadas por las entrañas áridas
de las vigas verdes,
como nervios ciáticos presionados,
como carcoma prematura,
como horroroso dolor
en las copas
de los árboles.
¡Pero nadie supo ni sabrá nunca nada!
Abundaba el espejo
con su ilusión de junio perfecto en la retina
y un barquillo había, que era pura magia
donde tender la
impetuosa vida
plácidamente;
vida que danzaba, como luz de precioso cielo azul
recién peinado, al albor del agua fresca y límpida,
entonces, por el arroyuelo de la alameda…
aunque el aire, infestado de tábanos rojos,
desdibujaba los labios acartonados
y arrodillados
cerro a cerro y carro a carro de bálago
para el pan blanco y escaso, y...
sin canción ni poeta.
Se decía, con el verso y su palabra, que el sol abrasaba con cruzadas eses incandescentes,
y era cierto,
pues tuvo tu nacimiento en abril
el orden trágico del viento traidor de julio,
como también
existe la certeza
de que los espejos nos devolverán a todos
las hojas perennes del árbol del olvido
con que nos cubrirá la muerte,
y las latas, acabarán, como siempre,
piando sin rumbo nuestro sarro anidado…
Cantarán, las latas
de sardinillas, y los botes
de melocotón en almíbar,
el anegado silencio metálico de lo que fuimos.