LA CAIDA
Has dejado tu alma
como barca a la deriva,
sola en desolado lago
sin peces y sin agua.
Y te encuentras varado
en medio de una tormenta
que grita palabra inmensa.
Recuerda aquel tiempo,
que cuando podías
volar,
pusiste plomo en las alas.
Ahora te ves sin velas,
y sientes el viento favorable
como hermosa rosa inoportuna,
que poblada con dulce aroma
de despoblada fragancia,
pasa desangelada
ante tu selva de seca arena.
No seré yo quien te empuje
y se solace en tu derrota,
pues todo hombre, nace y muere,
sin saber lo que le espera.
ADIVINANZA
Tú, no me quieres.
Reconozco que soy muy vieja,
mucho más vieja que tú,
sin embargo, siempre estoy lozana y joven,
aunque el polvo me cubra ahí,
en una estantería de su dueño tal vez olvidada.
Tú eres flor de un día,
que al día siguiente,
estás marchita y vieja de verdad.
Pasado ése, tu momento de gloria,
sólo vales para envoltorio de comerciante.
Yo ya andaba en tiempos de Aquiles
con la cabeza bien erguida,
cuando tú no eras ni en proyecto siquiera.
En realidad, y no te ofendas,
no fuiste nada concreto hasta el Siglo de las Luces,
y fue la pluma de los míos la que te dio
una primera forma rudimentaria de barro.
Aunque tú pretendas tener abolengo
y digas rimbombante
que los juglares fueron tus precursores ancestrales,
eso es mentira, y lo sabes.
A mí no me vale que proclames
que las gestas del Cid
o de Fernán González,
las distribuías tú boca a boca,
yo ya estaba allí
y yo ya era grande
y yo a ti no te vi por ninguna parte.
Fue un triste y elemental copista,
un tal Pier Abat,
quien fijó mi primer tesoro en romance,
haciendo evidente un alma
con la que tú sólo puedes soñar
y que se llama estética.
Con esto te quiero decir
que yo reboso belleza por todos los poros,
y tú, solamente a veces.
Tú no me quieres, y lo sé;
en realidad, eso, no me importa,
pues francamente, Celedonia,
que me quieras o no me quieras,
me importa un bledo.
…Y así, bonita flor de un día,
te lo hago saber, pregonando,
que yo a ti, sí te hago falta,
pero tú a mí, para nada.
NIÑEZ
Tú que te iniciaste en el verso
cantándole a unos pantalones cortos
arrinconados en un armario,
lloraste el paraíso perdido
del que ellos te expulsaron.
Arroyuelos puros
y alamedas sonoras.
Tú, bajo perlas doradas,
espectador de una orquesta
que desde la vida cantaba
un mundo feliz en tu mirada.
Juegos, pájaros y agua,
mañanas interminables
y eternas tardes,
¡tan cortas y tan lejanas!
que hoy te ven, triste pasajero,
en el tren de la esperanza.
LA PALABRA ETERNA
No quiero que la voz de tu gesto
se rompa, olvidada por el camino,
pues ya buscará mi pluma su trino,
mirlo que a mi musa venga presto.
Sabes, como nadie, lo que detesto
lo feo, y cómo amo el sagaz tino
con que dejabas, como hilo fino,
entrañable racimo en mi cesto.
Ya que es la muerte quien lo quiso
garrote vil le doy desde mi verso
grabando tu gracia en inmortal friso.
Siempre así, reinando la palabra,
tu voz, flor devendrá, eterno cielo
que escape del frío mármol que se labra.
CANTO DE CISNE
DE UNA AMISTAD
Érase una vez quien, porque era,
agarrose a puentes con letanía.
Cálculo, entre el humo, no veía
el inicio de lo que fuera hoguera.
A la mar salió, barca velera,
todavía esencial y elegía.
Sin el cuerno largo, aún reía
lo que era opaco y sin solera.
Esfumose lenta, en la mar, la mar,
en el puente de la hora, la hora,
pero renació cojuelo conserva.
Se oyeron los silencios cantar,
y gozoso anzuelo que decora,
pan y vino, y fuese de reserva.
Alfonso Toribio