JUAN (14 DE ABRIL)
Amigo querido,
el viento te trajo
y en viento anidas
con las alas rotas
a destiempo.
Ya sé que nada se puede añadir
a la derrota más definitiva,
pero acontece que tu amigo se muere
joven, con los sueños en alza.
Ese amigo con el que jugaste de niño,
al único que le contabas,
(y te contaba)
de adolescente y de joven,
lo que no te contarías a ti mismo
y él adivinaba,
va, y se muere,
y tú te lo tienes que creer,
porque sabes que a ti te va a tocar
un día,
y sin embargo,
no acabas de creerte que tenga que ser cierto eso
sino porque una nube extraña
te envuelve en la impotencia
con un nudo en la garganta
que te impide gritar como un cuchillo vengativo
que quisiera cortar las gargantas de todas las vidas
porque sabe,
que esto no tiene sentido;
tragas saliva entonces,
porque una nube extraña
te envuelve en la impotencia de su definitiva ausencia
con un nudo en la garganta.
Y van y vienen los recuerdos revueltos ante tu féretro, Juan,
como rayos o lucecitas de aquel toro del alba.
Pero van, también, y me traicionan las lágrimas,
que saltan en mi verso como balas envenenadas,
balas de luto que quisieran acallar las tinieblas
de este nacer y vivir para nada.
De pronto, ves que la libertad
de la muerte
de tu amigo,
es la esclavitud que te perseguirá siempre,
porque su palabra entrañable,
ya sólo vivirá como un derrotado eco vivo en tu mente.
Uno comprende por qué duele el aliento,
y por qué lloran las baterías en las bodegas
y en las plazas,
y por qué el viento no lleva alegres sus sones,
y por qué, los tenedores, se quedaron mudos de repente,
cuando tu amigo,
ya no repica patateras molineras
perfectas, de maestro,
desde sus manos.