Vivimos en el tiempo oscuro de las fresas doradas,
y caminamos por el filo de navaja de una rosa húmeda
de entrañas púrpuras y gusanos de paraíso terrestre.
A veces tocamos en la tecla de una ubre acalostrada
por el afán de pájaro frustrado que es el hombre,
y no hay leyes que detengan sus garras de alma anidada,
ni su sonrisa despiadada de objeto y cementerio
para con los otros hombres, que perviven empalados en
la grietas por donde esas lagartijas huyen del sol puro
hacia la luz perversa de sus cuentas bancarias.
No hay día que no repten sus corbatas floridas alrededor del árbol
pisando un parquet de sodomía acaramelada por el grito
que subordina la oceánica imaginación al contagio
del melón de Pandora que un día se pudrió porque estaba podrido, mucho antes que los cirujanos aplicaran su primperán inconcluso.
Andan atravesando ángeles negros y colchones
desvergonzados y constelaciones de carroña
que picotean allá en la Gran Manzana
con torvos picos córvidos sus ansias desmedidas.
El florecer de un día pleno de pestilencia y de descredito
amanece tras ellos, estallando por doquier con el ritmo
que marca un tren de vía muerta cargado con los cadáveres vivos
de todos aquellos que una vez tuvieron esperanza.