Nuestras vidas son los ríos
que van a dar en la mar,
qu'es el morir;
allí van los señoríos
derechos a se acabar
e consumir;
allí los ríos caudales,
allí los otros medianos
e más chicos,
allegados, son iguales
los que viven por sus manos
e los ricos.
Yo soy un hombre casado, con pesadillas, de profesión, camarero. Conocí a Laura, mi único y gran amor, precisamente en un bar ejerciendo mi profesión. Ella era clienta habitual junto a su novio. Un día, por la noche, ya muy tarde, cuando todos los clientes se habían ido, me di cuenta que Laura estaba sentada en una mesa y tenía la cara llena de lágrimas.
Aunque había sido ella la que había roto con su novio, la ruptura le dolía, pues tiraba por la borda tres largos años de noviazgo, con alguna que otra ruptura esporádica, pero ésta, según ella, era la definitiva.
Le di un pañuelo para que se enjugara las lágrimas y ella me miró fijamente. Nunca había visto una mirada tan dulce y tan franca en una mujer. Me dio las gracias e intentó levantarse para irse, pero si no la agarro, se hubiera caído al suelo redonda. “No te preocupes, es que he bebido un poco”, dijo. Yo sabía que lo único que había bebido eran Coca-Colas. “Siéntate, Laura, y despéjate, porque se te han subido las Coca-Colas a la cabeza”, le respondí. Ella se echó a reír y su risa me llenó por completo, hasta el punto de creerme que estaba viviendo yo en una nube. “Voy a cerrar el bar y te acerco a casa con el coche, si me lo permites, porque veo que beber tanta Coca-Cola trae malas consecuencias”. Ella aceptó, me supongo que porque siempre habíamos tenido una cierta confianza.
Al día siguiente por la mañana Laura se presentó en el bar. Llevaba un vestido precioso, pero lo mejor era la sonrisa que vestía su cara radiante. Sentada en un taburete de la barra, no me quitaba ojo de encima. Yo comencé a ponerme nervioso, y mi cara, enrojecida completamente, era un volcán. Llegó un momento en el no sabía qué estaba haciendo. Si me pedían una bebida cualquiera, yo ponía casi siempre una Coca-Cola. No recuerdo las Coca-Colas que pude poner aquella mañana y que tuve que retirar porque nadie las había pedido.
Pedro, que andaba por allí, estaba asombrado de mi comportamiento por tanta Coca-Cola retirada sin ton ni son, pero enseguida despejé sus dudas, pues me acerqué a Laura y la miré fijamente; ella hacía lo mismo sin perder su hermosa sonrisa, entonces acerqué mis labios a los suyos, y mientras lo hacía, vi cómo Laura cerró sus hermosos ojos negros y me ofreció sus labios llenos de deseo, como si hubiera estado esperando toda la mañana que yo la besara. Pedro se aproximó a nosotros y nos dijo:
-Anda, Juan Francisco, invita a esa moza a dar un paseo; tienes lo que resta de mañana libre y aun el tiempo que necesites, porque si no me vais a arruinar los dos.
Y eso hicimos Laura y yo, pasear y tomar Coca-Colas en las terrazas de la zona de Atocha. A mí la Coca-Cola no me gustaba, pero a partir de entonces fue mi bebida favorita. Aquella mañana viví los momentos más hermosos de mi vida. Laura y yo decidimos iniciar el noviazgo que acabaría en boda un año después.
Siempre he leído mucho más que he escrito, y sé que la primera persona en el relato conlleva implícitamente autobiografía. Tirarse al ruedo de la escritura, en un analfabeto como yo, puede llevar a pensar a algunos que la ignorancia es muy atrevida, pero de ignorantes está lleno el mundo, y cada santo debe aguantar su vela, dado que, en definitiva, ignorantes somos todos, como dijo Sócrates, maestro de Platón y Aristóteles, y por ende, padre de la filosofía moderna.
Yo nací en un pequeño pueblo de Castilla en una familia de pobres labriegos, y a pesar de las indiscutibles ganas que siempre tuve de estudiar como Dios manda en la capital, eso me estaba vedado, dada mi condición de pobre y las circunstancias económicas y políticas que vivía España.
En los años sesenta y setenta en los pueblos sólo estudiaban los elegidos. Ocurría que unos curas o frailes, no recuerdo bien, se pasaban por la escuela de la leche en polvo de la época y elegían para el seminario a los talentos que casi siempre le indicaba el maestro. A mí nunca me eligieron. Yo era extrovertido, y al parecer, un poco alocado, además no me creía lo de que Dios estaba en todas partes y no lo disimulaba, porque a mí me parecía que eso era mentira, que alguien pudiera estar en todas partes y no lo vieras por ninguna.
Salí de la escuela y enseguida empecé a ser gañán de cuadrilla en tierras de la rica Armuña salmantina. Me llevaba mi padre, él era segador, y yo, revecero. Aquellos días de sol implacable y trabajo insufrible aún los tengo grabados en mi mente a sangre y fuego.
A los dieciséis años, la desgracia se cebó con mi padre, quien después de una corta enfermedad asesina, murió sin diagnóstico. Al año siguiente yo era segador de pleno derecho en la cuadrilla de segadores que siempre iba con mi padre a segar a la Armuña. Andrés, amigo íntimo de mi pobre progenitor, me echaba una mano en el cerro y le decía a los otros dos que no tiraran tanto del corte. Nunca olvidaré a Andrés, del que años después me dijeron que un día se cagó en Dios, tiró la hoz de malos cojones para un lindón y cambió la profesión de segador por la de pielero. También me contaron que otro día, pero de domingo, entró en una iglesia a la hora de la misa cuando el cura del pueblo predicaba su sermón desde el púlpito. Dijo Andrés, una vez dentro del templo aquel domingo con voz solemne, ante el asombro de los feligreses: “ A ése del púlpito no le hagáis caso, que sólo sabe que decir mentiras”. Después de aquel año de siega con él y al cuadrilla, nunca más lo volví a ver, pues se fue a vivir con una hija suya a Barcelona, la cual, a su vez, se había ido a servir a dicha ciudad mediterránea.
Con los mismos dieciséis años que segué y me vi morir de cansancio, unos meses después, me trasladaron a Madrid. Un hermano de mi madre al que yo sólo conocía de nombre y por las fotografías de familia, se hizo cargo de mí.
Mi tío Sixto el madrileño era un hombre muy delgado, de cara extremadamente chupada, de nariz aguileña, y de mirada caladora. Algunos lo conocían por el sobrenombre de “Ojiños”, debido a esos sus ojos pequeños y penetrantes. Mi tío era más listo que los ratones colorados, y un relaciones públicas indiscutible. Por una de esas personas que conocía mi tío, yo empecé a trabajar en un bar que estaba situado detrás de los edificios de la estación de Atocha, bar que daba a una plaza y al que mi tío Sixto le servía las verduras y el pescado directamente de Mercamadrid.
Recuerdo una escena en el metro con mi tío Sixto, después de ajustarme en el bar de su amigo, que no olvidaré nunca. Un autobús se había cargado a dos palomas pánfilas enfrente del Ministerio de Agricultura. Mi tío, parando y sorteando coches, se hizo con ellas en pleno asfalto, y con ellas, ya cadáveres, entramos en el metro. Nunca me he reído tanto viéndolo acariciar a las infortunadas aves yertas, mientras amagaba con desplumarlas allí mismo, en pleno metro, murmurando, con un sentido del humor inigualable ante la mirada atónita de los viajeros, que qué ricas vais a estar mañana en el cocido. Y de esto es de lo que va mi relato, de cadáveres, pero de cadáveres humanos, unos vivos, y otros muertos y bien muertos.
En aquel primer bar estuve trabajando hasta que me fui a la mili. En la mili, el cadáver viviente fui yo, pues nunca me he sentido tan esclavizado y menos persona que haciendo el servicio militar. Esa es una sensación también imborrable, tan imborrable como el día en que me comunicó mi madre por carta en el cuartel que mi tío Sixto se había muerto de un infarto. El dolor que sentí entonces al leer la carta de mi madre, unido al agobio traumático que de por sí estaba sintiendo en el servicio, me marcaría para siempre, pues yo quería a mi tío tanto como había querido a mi padre, y por segunda vez la muerte volvía a darme otro zarpazo mortal. El tiempo se me paró de golpe, nada tenía sentido. Muchas veces, estando de guardia por la noche en la garita del cuartel, me puse el Cetme debajo de la barbilla, pero nunca tuve cojones para apretar el gatillo. Comprendí entonces, que los suicidas que llevaban a término su idea, eran unos valientes.
El tiempo nunca se detiene, y al final salí vivo de mis ideas suicidas y de mis guerras interiores.
De nuevo en Madrid ya definitivamente, mi tía, mujer de misa diaria vestida de luto hasta las cejas, me llenó de besos y me recogió otra vez como al hijo que nunca había tenido y que siempre había deseado, pero el vacío de mi tío Sixto se olía por todos los rincones de la casa, lo que me causaba un profundo sentimiento de dolor y melancolía.
Pasados unos días me decidí a buscar trabajo, y como el único que sabía era el oficio de camarero, primero me fui por los bares del barrio de Cuatro Caminos, pero debían de ser malos tiempos, pues sólo encontré negativas.
Un día, harto ya de buscar, cogí el metro y me fui a tomar algo y a preguntar si sabían de algún bar en el viejo local de Atocha donde trabajaba antes de irme a la mili. Estuve allí una hora, bebiendo un vino tras otro, y cuando ya me marchaba un poco avispado, entraba Evaristo, el dueño. Se abrazó a mí. Enseguida noté el cariño inmenso que sentía por mi tío Sixto. Por eso yo no había ido antes por aquel entrañable local, porque sabía que de hacerlo, significaba sufrir más.
-Pasa, anda, pasa, hijo, y tómate algo. ¿Cómo no has venido antes? Yo ya me había enterado de tu licencia por tu tía, a la que siempre tengo que visitar a la salida de la iglesia, ya que siempre está allí dentro.
-Muchas gracias, Evaristo, pero ya he tomado mucho, y de hacerlo, acabaría borracho perdido. El caso es que quería un trabajo cerca de casa y no he encontrado nada.
- Disculpas. Ya sabes que en Madrid no hay distancias con el metro. Lo que a ti te ocurre es lo mismo que a mí. No has venido antes, porque a los dos, aunque no pisemos la iglesia como sí hace tu tía, nos mata la pérdida de Sixto.
-Tienes razón, eso últi…- le decía yo cuando me cortó.
-Mira, Juan Francisco, creo que en el bar que hay justo enfrente de la Estación de Atocha, según me dijeron ayer, necesitan un camarero de confianza. Ahora vamos los dos por allí y hablamos con Pedro, que es el jefe. Tú no te preocupes, que si sigue vacante la plaza y quieres trabajar, trabajarás.
Y efectivamente, así ocurrió, pues empecé a trabajar al día siguiente. A Pedro ya lo conocía yo. Casi siempre iba a tomar la última copa por el bar de Evaristo antes de irme yo a la mili, pero entonces lo trataba como a un cliente más. Pedro también se acordaba de mí.
A los dos años de entrar a trabajar en el bar de Pedro, era como él, si no el jefe, como si lo fuera. Transcurridos poco más de esos dos años, fui testigo de dos hechos pintorescos e insólitos. En el primero, ya a punto de cerrar el bar, me iba a la puerta de éste con la intención de echar la llave para que lo barrieran y lo quedaran en condiciones para el día siguiente, y cuál fue mi sorpresa cuando del servicio de mujeres salía un joven borracho, me supongo que también drogado, con la tapa del wáter, que acababa de arrancar. Llevaba la tapa debajo del brazo. Salía tan campante, como si fuera suya, y éste fue el diálogo que tuvimos:
- ¿Pero qué haces?- le pregunté.
-Nada, vengo a llevarme lo que es mío, porque sentada sobre esta tapa meaba mi novia, y su conejo, era mío, asique la tapa donde ponía la posaderas, también es mía.
-La tapa del wáter es mía-le contesté yo-. Haz el favor de dejarla ahí ahora mismo, o cojo la porra que tengo detrás de la barra y te corro a hostias.
No se asustó con lo de la porra, y tiró de navaja. “Si es tuya la tapa, ven a buscarla si tienes cojones”, me dijo enarbolando el arma blanca y usando como escudo la tapa del wáter. Entonces me metí detrás de la barra como una centella, no a buscar la porra que no tenía, sino a coger algo con lo que defenderme por si las moscas.
Dejé que aquel individuo se fuera con la tapa y no llamé a la policía, porque tenía ganas de irme a la cama, y de haberla llamado, seguro que me tenía allí dos horas, mientras que el peculiar ladrón ya estaba en Polvorosa a buen recaudo e ilocalizable.
A las dos semanas o así de lo de la taza, también a punto de cerrar, decidí entrar antes a orinar en el wáter de caballeros. No hago más que abrir la puerta, y veo una escena que me resultó repugnante. Un hombre de mediana edad estaba sodomizando a otro mucho más joven que él. Este último, agachado y en pompa, se apoyaba en el lavabo. El de más edad me miró y me dijo que los dejara en paz y me largara de la fiesta a la que no estaba invitado, que conmigo no iba nada. “Cómo que nada, si el bar es mío. Largaros de aquí a hacer mariconadas a otra parte o cojo la porra que tengo detrás de la barra y os corro a los dos a hostia limpia”, le contesté. Ahora resultaba que era verdad que tenía porra, pero no me dejó irla a buscar, pues tiró de pistola y apuntándome con ella me dijo que no me moviera de donde estaba, eso si quería ver amanecer de nuevo. No me quedó otra que esperar a que finalizaran aquel acto asqueroso. Cuando terminaron, siguió apuntándome con el arma, y me ordenó que cerrara el bar, les pusiera dos copas, una para él y otra para su novio, y que yo me tomara lo que quisiera, que invitaba él. Antes de irse del bar me dejaron una propina muy superior a lo que costaban las copas. Les abrí la puerta, y una vez en la calle, el que me había apuntado con la pistola me dijo que se trataba de una pistola de fogueo, que la verdadera pistola la llevaba él entre las piernas igualmente descargada de munición. Nunca más volví a ver ni al de la tapa del wáter de mujeres ni a los dos cerdos del de caballeros, pero desde la escena pornográfica que tuve que presenciar a la fuerza en vivo, siempre, cuando voy a cerrar el bar, me llevo la porra y abro con mucho cuidado, primero la puerta de un servicio, y luego, con el mismo cuidado, la otra, para asegurarme de que no me encuentro con más sorpresas, y de encontrarme con alguna, estar preparado.
Un día de agosto, aproximadamente seis años después de lo de los dos homosexuales, cuando ya me parecía que estaba curado de espanto, vi mi primer cadáver en bar. Se trataba de un hombre de noventa y dos años, que de forma asidua, iba a tomarse un vinillo. “Ponme un vinillo, Juanillo”, me decía siempre. Un día, este anciano llegó a la misma hora en la que habitualmente lo hacía, pero llegó vestido con una bufanda y un grueso abrigo que le llegaba hasta los pies, debajo sólo llevaba el pijama, como pude comprobar luego. Su vestimenta hubiera sido normal si hubiéramos estado en diciembre o enero, pero resultaba que estábamos en pleno agosto, mes en el que no hay dios que aguante el calor en Madrid, aun andando en pelotas. Le pregunté que cómo venía tan abrigado dado el calor que hacía, y me contestó que era porque no era capaz de quitarse el frío de encima. No había terminado de decir lo de “quitarse el frío de encima”, cuando se cayó redondo en mitad del bar, antes de llegar a la barra. Aquel viejo seguro que venía pidiendo auxilio, pero no le dio tiempo a hacerlo, ya que cayó fulminado, tan fulminado, que se había convertido de repente en un fiambre que acababa de pronunciar sus últimas palabras en este mundo, si bien hay que decir que el frío se le quitó de una vez por todas.
Llamé a la ambulancia y luego a la policía. Llegó primero la segunda, y al poco rato, la ambulancia, cuyos operarios, una vez que constataron que aquel hombre estaba muerto, y bien muerto, se fueron por donde habían venido. La policía, a su vez, llamó al juez, para que éste efectuara el levantamiento del cadáver y ordenara la correspondiente autopsia. El juez me interrogó y me preguntó si el finado había bebido algo allí. Le dije que no, que otros días que había venido sin tanto abrigo, sí, y que siempre se tomaba un vinillo o dos, pero que aquella mañana, el ahora cadáver yaciente en el suelo del bar, no había tenido tiempo de llegar a la barra.
Una vez que el juez ordenó el levantamiento del cadáver y se lo llevaron para realizarle la autopsia, también ordenó el precinto del bar, hasta que unos días después, una vez que también la policía judicial terminó su investigación dentro, por fin se nos permitió abrirlo de nuevo al público. Cuando entramos, olía a rayos, y tuvimos que tomarnos otros dos días de vacaciones, hasta que una empresa especializada desparasitara y limpiara el local a fondo. El jamón de York, tenía gusanos, los pimientos, culebras, y las tortillas de patata, elefantes, y así todo lo perecedero, que era mucho.
Al año siguiente, el día de San Isidro, vi el segundo cadáver en el bar, pero podían haber sido dos, y ambos, hembras. Fue otra vez que me encontraba a punto de cerrar el bar escrutando minuciosamente con la porra en la mano, los servicios. Tuve ganas de orinar, y no acababa de terminar de hacerlo cuando escuché que alguien entraba en el bar. Se traba de dos mujeres y un hombre. Enseguida me di cuenta que ellas eran chicas de vida alegre:
-El bar está cerrado- dije nada más salir del servicio.
-No venimos a tomar, perdone. Venimos a ver si usted nos puede prestar un momento un destornillador, pues lo necesito, ya que el coche lo tengo averiado ahí fuera.
-Bueno, si es sólo eso, vale. Entro en la barra y se lo presto.
No termino de darle el destornillador al necesitado, cuando éste aparece clavado en el cuello de una de las zorras, quien cayó redonda al suelo, con el destornillador metido hasta la bola. Enseguida se formó un caudaloso charco de sangre alrededor de su cabeza sin vida. Sus cabellos rubios se tiñeron de rojo de repente. La otra mujer salió corriendo despavorida, antes de que él le arrancara el destornillador a la muerta y se lo clavara a ella. Yo observaba atónito la escena. No creo que aquella mujer haya parado aún de correr. La que corría como una bala huyendo de la quema, sólo tuvo suerte, porque le podía haber tocado a ella primero.
El hombre desclavó el arma homicida, y con ella ensangrentada en una mano, se sentó plácida y pausadamente a una mesa. Yo ya había llamado a la policía, y mientras ésta llegaba, le oí decir:
-Putas, más que putas, que me habéis dejado sin una perra y sin las joyas de mi madre que en paz descanse. Ahora que os he dado todo, y no tengo nada, me decís que os vais a vivir a Barcelona, pero esta zorra del suelo, se queda en Madrid para siempre, la otra que salió corriendo seguro que ha aprendido una lección que nuca olvidará.
El que aprendió la lección de no dejarle ninguna herramienta al necesitado fui yo.
La policía se llevó esposado al homicida sin ningún problema, y pensé que si se había quedado sin nada, en la cárcel al menos tendría un techo y comida, aunque eso sí, no volvería a catar mujer mientras estuviera en el trullo, aunque a lo mejor se cambiaba de barrio y encontraba entre barrotes algún novio como el del que me apuntó con una pistola de fogueo.
Otra vez la misma historia: juez, levantamiento de cadáver y precinto del bar. Yo ya estaba empezando a acostumbrarme a ver la muerte de cerca y a tomarme unas vacaciones ocasionales, lo que a Pedro, que aunque daba a entender que todo se lo tomaba con sentido del humor, yo sabía que en el fondo no le gustaba nada tanto muerto en su bar. Y no le gustaban tales situaciones macabras en su bar, no por tenerme que pagar unas vacaciones extras precisamente, eso sique le daba igual.
Pero la del destornillador no sería la última muerte.
Resulta que teníamos un cliente con el hígado destrozado que bebía ginebra como un cosaco. Yo sabía lo del hígado por su mujer, que en más de una ocasión se presentó en el bar llamándolo “sinvergüenza” como expresión más bonita. Él se limitaba a decirle que dejara de dar escándalo en un sitio público y se fuera para arriba, que enseguida subía él y le daba caña en la cama.
Este cliente siempre tenía la costumbre, después del trabajo, de tomarse unas cuantas copas de ginebra. Su mujer acabó separándose de él.
Un día bebió copas y más copas de ginebra, y como tantas veces se quedó dormido en la barra, o eso me parecía a mí, que estaba dormido. Cuando no quería servirle porque yo creía que ya había bebido bastante, me amenazaba con llamar a la policía. El bar no tenía derecho de admisión y seguro que hubiera sido capaz de llamar a la policía y denunciarme.
Un día de primeros de junio, cuando llegó la hora de cerrar el bar, aquel cliente llevaba dos horas dormido sobre la barra, un poco más que de costumbre. Le dije varias veces, casi en el oído, que se fuera levantando que iba a cerrar. No me hacía caso. Lo zarandeé un poco, pero nada. Entonces empecé a preocuparme de verdad, y al ponerle los dedos en el cuello, comprobé que estaba más frío que el hielo. Este fue el tercer y último muerto que acabó sus días en mi bar, y la tercera, y penúltima vez, que me lo precintaban.
Pero lo más terrible de mi relación con la muerte en el bar de Pedro, aún estaba por llegar, y sin que hubiera allí dentro ningún otro muerto, pues todos los que llegaban huyendo de la masacre, estaban vivos.
El 11-M, las explosiones de la estación de Atocha hicieron temblar toda la bajilla del bar, incluso alguna botella se cayó de las repisas y se hizo añicos en el suelo. Yo vi por las cristaleras cómo la gente cruzaba la calle entre los coches sin miedo a ser atropellada, pues escapaba del mismísimo infierno. Vi un gesto de terror y pánico en los rostros de la gente, inenarrable. Jamás he tenido una sensación tan terrorífica de la muerte, perecía como si en aquellos momentos se estuviera produciendo el fin del mundo. Luego llegó la policía y precintó el bar, espero que por última vez.
Ahora Pedro y yo somos socios, y nos va muy bien. Sé que a todo se llega uno a acostumbrar en esta vida, incluso a ver con los propios ojos cómo le clavaban un destornillador a una mujer en el cuello, pero el recuerdo de aquellas caras del 11-M saltando por encima de los capós de los coches a la desesperada, aún me provoca pesadillas con las que me despierto gritando aterrorizado muchas noches, despertando, a su vez, a Laura, mi mujer, a la que me abrazo como un niño que busca refugio en su madre. Laura me acaricia el pelo y me recoge en su dulce regazo y me besa la sal de mi cara sudada y se desvive por mí, y me dice:
-Tranquilo, cariño, que estoy yo aquí para llenarte de besos.