“Viven los sabios varones,
y nos hablan cada día
en sus eternos escritos,
iluminando perennemente lo venidero.”
Baltasar Gracián
BREVE PREFACIO
España en noviembre de 1975 se despertó de una larga y trágica siesta, se despertó de una pesadilla, que no fue la única en su larga y sangrienta historia, pero que sí debería ser la última.
Nunca la cultura auténtica ha estado tan al alcance de nuestros adolescentes y jóvenes como lo está ahora, por muchos ascos que hagan y por mucho que renieguen algunos.
Antes, y mucho tiempo después del fatídico 36, la ignorancia y el analfabetismo, junto con el rosario y las flores a María, eran el pan suyo de cada día.
Y aunque nada pueda cambiar lo que fue, todo podrá ser mejor si recordamos a los que pelearon, en cualquier calle de España, por que la igualdad que da la cultura fuera patrimonio de todos, pues sólo el saber hace verdaderamente libre al jovencísimo “Homo Sapiens”, habitante tardío de este planeta, que dicen que es hermosamente azul observado desde las estrellas.
Recordad que al terminar la “guerra incivil”, como llamó Unamuno a la guerra del 36, la mayoría, o al menos aquellos intelectuales de primera fila, se exiliaron, por lo que España quedó convertida en un desierto cultural. “¡Cállate, bobo! ¿O es que vas a saber tú más que el médico?” es una expresión prototipo de ignorancia extrema, ignorancia ésta que raya el esperpento, pero muy amada, sobre todo por los dictadores de cualquier época. A un dictador lo que más le interesa es que el pueblo esté en la patria de Babia, y Franco, al que León Felipe llamaba “Sapo Iscariote”, no fue una excepción. Así le dijo el poeta de "La Insignia" al longevo dictador del Ferrol:
Tuya es la hacienda,
la casa,
el caballo
y la pistola.
Mía es la voz antigua de la tierra.
Tú te quedas con todo
y me dejas desnudo y errante por el mundo...
mas yo te dejo mudo... ¡Mudo!
¿Y cómo vas a recoger el trigo
y a alimentar el fuego
si yo me llevo la canción?
PUESTA EN ESCENA
Yo, entonces, cuando oí narrar la muerte y resurrección de Zacarías por primera vez, sólo era un mozalbete al que le fascinaban los crónicas orales que contaban habitualmente los mayores en “La Esquina”, lugar de reunión municipal sólo de varones, donde se podía disfrutar de las más variopintas historias verdaderas, inventadas, o de una mezcla de ambas modalidades, lo único que se le demandaba al narrador era una cierta desenvoltura y coherencia que las hiciera amenas al oído.
La anécdota de Zacarías había ocurrido treinta años antes de esa mañana ventosa en que yo la escuché en dicha “Esquina” como si estuviera escuchando música celestial, y era, al parecer, en aquellos terribles años de posguerra, más común de lo que se creía, sobre todo si andaba el jugo de la uva terciando.
Hoy día, en estos tiempos del año sexto del tercer milenio de la llamada era humana cristiana, cuando brinco ya menos con más de cuarenta, encontré unas acotaciones, que no buscaba, husmeando en una vieja caja del “sobrao”, continente ella de los apuntes de mis tiempos de estudiante de instituto. Esas acotaciones deberían haber desembocado en un relato en el que se narrara cómo Lujérico, y Pablo, apodado “El Colorao”, adoptando el papel de plañideras, eran contratados, y se contrataban, como lloronas profesionales en los lúgubres entierros de los cuarenta. Oficio insólito ése, el de plañidera, pero más insólito aún tratándose de ojos instalados en cuencas de rostro barbudo.
Poco frecuente era también la tarifa fija de “nuestros” plañideras, que consistía en el cobro de un cántaro de vino por sepelio, del que percibían la mitad antes del trabajo, y la otra mitad al concluirlo. Este trueque de llantos por vino no era extraño para ellos, ya que eran grandes seguidores, supongo que sin saberlo, de Dionisos, quien debía estar muy satisfecho en “El Olimpo” con tan devotos fieles incrédulos sobre “La Tierra”.
El primer medio cántaro, entero y verdadero, les servía de cata, quizá envuelto con un mísero torrezno o cacho de vianda, y lo tomaban como anticipo, dado que en una ocasión, después de haber cumplido su parte contratante del contrato, descubrieron, con desolación infinita, que el cántaro completo sólo servía para componer ensaladas, por lo que ellos habían sido engañados vilmente.
Los otros ocho litros, igual que los primeros, también cantaban por sus gaznates con gustosa rapidez de cascada divina.
Se deduce que eran grandísimos bebedores, Lujérico y “El Colorao”, quienes además de poder secar “El Duero” y sus afluentes, si el cauce de sus cuencas hubiera sido de vino, se mantenían en pie con una clarividencia y sentido del humor envidiables, en un país y en un tiempo, donde tener imaginación era visto como delito por el régimen percherón gobernante.
Pero ése no era el caso, en lo que respecta a los cauces, de Zacarías, hermano de Lujérico, el cual tuvo la osadía de imitar a quienes siendo hijos legítimos de Baco, en vez de sangre, destilaban por sus venas fruto fermentado de cepa.
Esto fue lo que le aconteció al incauto Zacarías:
EL CURA POLLERO (El relato)
Es ésta también una de las historias de la singular vida de un cura narcisista, eternizado en la huidiza metáfora que es la historia de cualquier pueblo castellano. Se trata, por ejemplo, de Don Alfrezo Linial Blanco, uno de los actores principales de un tiempo irrepetible, en el que “El Cid” ( y “ Don Pelayo” también) galopaba con su caballo “Babieca” por nuestras cabezas de niño... Tan de verdad galopaba... como la libertad es anhelada por el preso.
Era una mañana que le regalaba vientos de cola a las blancas nubes viajeras. Fue una de esas mañanas que “LaVilla” guarda en las entrañas de su rica memoria.
El Río Talanda encauzaba una crecida menuda y medio turbia, que la noche, perpleja ante tanto antruejo de “Martes de Carnaval”, había dejado caer sobre una tierra ya saturada por dos meses de lluvia constante.
Estábamos tan destrozados tras aquella velada frenética de baile y despropósito, que la sombra, siempre bifurcada por el poderío eterno que representaba Don Alfrezo Linial , acechaba nuestros abatidos subconscientes junto a la resaca omnipresente de una borrachera fratricida y sangrienta de peor índole que la que aquí referiré.
Zacarías, el pobre hombre, menos avezado en el arte de beber vino que su hermano Lujérico y el socio de éste, “Pablo el Colorao”, había excedido su cupo aquella noche dionisiaca, y después de una ingesta aproximada de cinco litros, en vez de rendirse a tiempo, continuó la pachanga en la bodega donde estaban los tres de merienda y jarana… y fue allí, en esa bodega, donde acordaron disfrazarse de parturientas.
Y así bajaron al baile, el cual ya hervía en su apogeo de asistencia, las tres futuras mamás.
La gramola del bar de “La Tía Isidra” sonaba los últimos compases de “ El Gato Montés”, cuando la más avanzada en la gestación, que no era otra que Zacarías, rompió vinos mientras caía boca-arriba todo lo larga que era, ante la sorpresa de todos, que le hacíamos corro y observábamos atónitos cómo de su vientre le salían tres perritos, que su perra, llamada “Tomasa”, había parido dos días antes y que entre los tres convinieron que volviera a parir él, Zacarías, el cual, en el estado en que se encontraba, casi no rebullía, y sólo alcanzaba a decir:
-¡Hermano Lujérico, favoréceme!
-Sí, te voy a favorecer, pero llevándote a dormirla- respondió Lujérico velazqueñamente, que con ayuda llevó a su hermano a despabilarla en la cama, para regresar él y sus acompañantes a la fiesta que, en realidad, acababa de empezar.
Cuando Lujérico, ya terminado el jolgorio, con las del alba arribaba a sus aposentos, pasó antes por los del hermano, para comunicarle que hoy atiendas tú los animales, porque yo no me tengo tieso en tres días y porque ya uno no es lo que era. Zacarías no contestó. Entonces encendió el candil y observó aterrorizado, entre un palpitar de sombras, que su hermano se encontraba en la misma posición en que lo había dejado cuando lo trajeron a la cama. Lo meneo. Lo movió. Nada.
Corrió como un loco en busca de Don Gil Palomo, el médico oficialista que sólo dejaba de beber cuando no le cabía más. No necesitó llegar a la casa de “El Galeno-Esponja”, como también era conocido el médico, pues se lo encontró cantando “La Salada” y continuando la farra con Don Isidro, el secretario del ayuntamiento. Allí estaban los dos, debajo de los portales de “La Plaza Mayor”, apoyándose uno en el otro, y aún así, si se tenían de pie, era de milagro.
Después de vomitar un buen rato y enjuagarse la cara en el chorro límpido y helado de la fuente, el tocayo de Hipócrates, que amaba más el fruto del sarmiento fermentado de octubre que el juramento hecho al heleno, nada más tocar al enfermo, firmó su defunción de viva voz delante de Lujérico y de su hermana Julia:
-Está demasiado frío para estar vivo. Yo también me voy a dormir, porque esto ya es cosa de curas- sentenció Don Gil, pasándole así el testigo a Don Alfrezo.
En cuestión de una hora las campanas encordaban a muerto; Zacarías se encontraba vestido con su mejor traje colocado lo largo que era en una caja de pino negral, y el sacerdote, aún no pollero, salía de la sacristía enmondado de liturgia de extremaunción.
La rapidez del apolíneo cura en todo, era endiablada, pues ese miércoles resultaba no ser un miércoles cualquiera al tener que preparar la ceniza que nos recordara lo que somos. “La gente no debería morirse un día como hoy”, iba pensando Don Alfrezo al llegar a la curva donde se pesaban las uvas antiguamente, curva ésa, que debido a la alta velocidad que llevaba cogió demasiado abierta, creando una inercia que inundó el aire con un aroma de trapos eclesiales que llevan mucho tiempo en el cajón del olvido de la sacristía. Se cree que fue allí donde succionó entre esos ropajes litúrgicos, como un tornado ambulante, la pollada de pollitos de ave doméstica que resucitó a Zacarías. Nosotros, desde “La Esquina”, sólo vimos una gallina solitaria que perseguía a Don Alfrezo calle arriba cacareándole enfurecida, igual que si fuera conducida y poseída por el demonio. Aunque él no se percataba de nada cuanto acontecía a su alrededor, ensimismado en su mundo crepuscular y plano. Luego, según nos contaron, todo encajó.
En pleno ritual mortuorio nadie se atrevió a interrumpir al cura pollero cuando la gente del velatorio veía alucinada cómo de su indumentaria, y a cada hisopazo, saltaban pollitos a la caja mortuoria, de manera que las desvalidas avecillas, para cobijarse, se le introducían al difunto imaginario por mangas de chaqueta y pantalones, creándole un calorcillo y bienestar tales, al desafortunado yaciente, que revivió.
Estas fueron las palabras que pronunció Zacarías en su nueva vida de resucitado; eso sí, fueron palabras muy profundas y apagadas, como venidas de ultratumba:
-¡Deejaaddddmee...! ¡Que noooo estoooy, mueeerto!- A lo que su hermana Julia replicó convencida:
-¡Cállate, bobo! ¿O es que vas a saber tú más que el médico?”
BREVE EPÍLOGO
He relatado lo que me han contado aquellos que lo vieron. También me han contado, que hubo una segunda resurrección de Zacarías. Yo sólo conozco ésta, con un cura pollero como protagonista, que es el mismo repetido en tantos pueblos, repletos de bibliantes a los que el espíritu de “La Barraca” no pudo llegar, porque el soplo del sueño de la Justicia y de la Libertad nunca se encontró en el corazón de aquellos que sumieron a un país en un estado catatónico y taciturno... del que no pudo resucitar en mucho, muuchooo tieeeempooo…
DICCIONARIO BREVE
-Velazqueñamente: Referido a una cara que posee la misma expresión que los rostros del cuadro “Los Borrachos”, de Velázquez.
-Bibliantes: Personajes de ignorante parecer.
- “La Barraca”: Grupo de teatro en el que participaron activamente García Lorca y Alejandro Casona entre otros, y que recorría los pueblos de España.
Alfonso Toribio
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