la carta
LA LETRA Y SU EXPRESIÓN
RELATOS

Ahora que se aproxima el final de mis pasos sobre la tierra, quisiera hacer recuento de mi vida. Recuento de un tiempo que me perteneció porque me tocó vivirlo, y del que, en último extremo, sólo quedan los recuerdos, único bagaje que se lleva el hombre a la tumba.
Para que eso no ocurra del todo y ni los gusanos ni el olvido campen a sus anchas, he decidido escribir algunos episodios de mi existencia como buenamente pueda, con esta mano cansada, arrugada, y ya sola sin nadie a quien acariciar.
Fui padre de cinco hijas y de cuatro hijos. Ellas se han casado y han formado sus propias familias. Todas me quieren, se esfuerzan, me cuidan. Yo, hasta ayer, no había conocido la soledad. Por lo que se refiere a ellos, uno se me murió con dos añitos, dos se los llevó la guerra fratricida en Brunete, y el otro emigró a Valencia donde se casó y trabaja como fotógrafo para un periódico. El es el fotógrafo oficial de la familia.
Quiero aclararos que esta historia la narraré en tercera persona, como si fuera otro el protagonista. De esa manera, inocente de mí, pienso que ciertos pasajes serán menos dolorosos si no me los atribuyo directamente, puesto que hay momentos de nuestra existencia que quisiéramos borrar de un plumazo, pero que, por el contrario, están ahí, como una espina eterna que con el paso de los años puede doler tanto como el primer día.
Isidora, la que fuera mi esposa y gran compañera de lecho y fatigas, ya hace ocho años y medio que murió, y Lidia, mi gran amor, fue enterrada ayer. Este escrito quiero que sirva de homenaje a las dos, porque sólo la palabra impresa salva al hombre de la quema de la memoria. Este poema que sigue, sin embargo, está dedicado sólo a Lidia, a quien nunca pude ni quise arrancarme del corazón:


LA PALABRA ETERNA
No quiero que la rosa de tu gesto
se rompa olvidada por el camino,
pues ya buscará mi pluma su trino,
mirlo que a mi musa venga presto.

Sabes, como nadie, lo que detesto
lo feo, y cómo amo el sagaz tino
con que dejabas, como hilo fino,
entrañable racimo en mi cesto.

Ya que es la muerte quien lo quiso,
garrote vil le doy desde mi verso,
grabando tu gracia en inmortal friso.

Siempre así, reinando la palabra,
mi amor, devendrá flor, cielo eterno
que escape del mármol que se labra.
Créspito Sevillano

Empieza este relato diciendo, que Créspito Sevillano Almazán vio la luz del mundo en un pueblecito de Zamora, en la llamada comarca de “La Guareña”, un ocho de julio del 1878. Fue un parto trágico, ya que la llegada de su vida se llevó la de su madre. Desde entonces, su padre ya nunca volvió a ser el mismo, y dicen que tal era el dolor que sentía, que no deseaba seguir viviendo con tanto sufrimiento en su alma, pues quería a su esposa con locura y no soportaba su ausencia. Como Orfeo, el padre de Créspito también se hubiera aventurado en el Hades para devolverle la vida a su amada, y crea, quien lea esto, que hay estocadas en la vida, cuyo grito sordo, supera todo lo imaginable.

Ya desde niño se asentó en Créspito una inteligencia evidente y un ansia de saber infinita, de tal modo que Don Celedonio, cura del pueblo, se tomó las posibilidades del crío muy en serio y decidió impartirle una formación complementaria, muy superior a la recibida en la escuela. Don Celedonio era un prelado atípico, ferviente admirador y seguidor de las ideas ilustradas, tanto de las de dentro del país, como de las de fuera. Le dolía ver el subdesarrollo de España y cómo tuviera mucho que ver en ello la institución de la cual él formaba parte.
Se puede decir que Créspito, a los catorce años, sabía más que leer y escribir únicamente, pues era capaz de traducir del latín al castellano, oralmente, cuentos enteros del “Disciplina clericalis” de Pedro Alfonso, y además, era un fan de Luis Vélez de Guevara, sobre todo de su “diablo cojuelo”. No lo dejaron ahí, puesto que alumno y párroco, aunque más esporádicamente, continuaron las clases casi tres años más. Don Celedonio quería a Créspito como a un hijo.
Era natural que el cura arrimara el agua a su molino, y aunque Créspito, a medida que descubría la verdadera entraña de su país menos le gustaba todo lo relacionado con la Iglesia, todos los domingos asistía a misa. Más que como ferviente creyente, iba por escuchar, igual que un buen número de feligreses, la voz tranquila pero convincente de los sermones de Don Celedonio, quien desde el púlpito, con sus “exempla” romanceados, producía una verdadera catarsis en los asistentes. Don Celedonio decía a menudo que nunca se debieron dejar de lado las instrucciones del IV Concilio de Letrán.

-Es como si volviéramos a ser niños y nuestras madres nos contaran un cuento antes de dormirnos- comentaban muchos feligreses entusiasmados.

A los dieciocho años Créspito fue tocado certeramente por Cupido, quien le asignó a Lidia como novia, haciendo nacer en ambos un cariño y pasión infinitos. Fue tremendo cuando un año y medio después todo ese creciente e impetuoso amor se truncó debido a la “Guerra de Las Filipinas”, pues Créspito fue reclutado para defender aquel lejano bastión de un entonces más que imperio decrépito. Nunca olvidarían Créspito y Lidia la noche de su despedida, con aquel beso, y aquel abrazo final en que se fundieron para siempre:

-Lidia, espérame, que volveré. Te lo juro, amor mío, volveré y nos casamos.

Mucho antes de su dolorosa partida, Créspito ya fumaba como una coracha, hasta el punto que se podía adivinar donde estaba por la humareda que lo rodeaba a cualquier hora del día. Sólo dejó de fumar tabaco por fuerza mayor, pero incluso entonces se las arreglaba para fumar lo infumable, como raíces de negrillo u hojas secas de patata que machacaba con el muñón de la azuela de la arada. Liaba los cigarrillos con tal maestría y perfección como quien conoce su oficio al detalle y no se le escapa un cabo. Encendía esas insólitas obras de arte con un chisquero de mecha al que apodamos cariñosamente “Chaschas”, sobrenombre que por metonimia pasó a designar también a su dueño sólo durante algún tiempo, pues terminada la contienda colonial el gobierno lo dio por desaparecido, y su hermano Blas se propuso que en el pueblo fuera borrado de la lista de los vivos. El mismo Blas se encargaba de mandarle decir a Don Celedonio misas de réquiem por el hermano fallecido, cosa que el cura-tutor aceptaba de muy mala gana:

-Te recuerdo, Blas, que a Créspito se lo ha dado por desaparecido, no por muerto.

-Después de tanto tiempo, padre, desaparecido o muerto ¡qué más da! si las dos cosas vienen a ser lo mismo.

-No hijo, eso parece, pero no es lo mismo desaparecido que muerto. Tú sabrás lo que haces.

Y así, pasados tres años desde que finalizase la guerra y de que Créspito no diera señales de vida, Lidia, a quien le hacían perder día a día las esperanzas, y sobre todo presionada por su madre, acabó aceptando las proposiciones de matrimonio de Blas Sevillano. La señora Isidora, la madre de Lidia, decía muy a menudo santiguándose:

-¡Pobre Créspito! ¡Que Dios lo tenga en su gloria! ¡Amén!

Un día frío del invierno de 1904, día frío como sólo los sabe producir Castilla, se presentó en el pueblo un soldado de un anacrónico país, vestido con anacrónico uniforme descolorido por el paso nefasto del tiempo, quien, a su vez, había derruido los muros de la patria ayudado por la incompetencia:


Muros, si ayer fuertes,
hoy corroídos
por el verdín
que los consume.

Lo primero que hizo Créspito al llegar fue hacer sonar la aldaba de la puerta de la casa de Lidia. Salió a abrir la matriarca Isidora, la cual no podía creer lo que veía, y para cerciorarse de que no estaba delante de un fantasma, abrazaba y besuqueaba al soldado, hasta que él se la pudo quitar de encima mientras le decía con insistencia que le dijese a Lidia que saliera para saludarla, a lo que la viuda por fin le respondió que Lidia se había casado con su hermano Blas, puesto que a ti te habían dado por muerto.
La cara de Créspito se quedó como petrificada y sintió un dolor profundo, desgarrador, como si mil agujas le hubiesen atravesado el corazón. La mujerica, al ver la terrible reacción que había provocado la noticia en el soldado, dijo sin más, pero con voz firme y convencida:

- ¡Pero hijo, hijo mío, tú no te preocupes por eso, que tengo más hijas para que elijas otra! Yo te aconsejo que te inclines por Isidora, que es limpia, hacendosa y honrada como ninguna.

Créspito, que estaba inmerso en cruel nebulosa amarga, no daba crédito a lo que escuchaba. Por decir algo quizá, le respondió que Isidora era una niña cuando él se fue a la guerra.

-Ya lo sé, hijo, ya lo sé… ciertamente… aunque tienes que entender- le replicó ella- que las niñas se hacen mujeres, y las mujeres viejas piltrafas como yo.

La proposición de la señora Isidora no cayó en saco roto, y el domingo, en el baile del tío Emilio, Créspito e Isidora hija se hicieron novios, es más, Isidora madre computó como noviazgo de la recién nacida pareja, junto al tiempo que Créspito había sido novio de Lidia, el que estuvo desaparecido y preso en Filipinas. Las cosas no podían ir mejor. “Esto me huele a boda”, le decía Blas a su hermano a menudo. “No te equivocas”, le respondía Créspito, si no entusiasmado, sí contento, y añadía… “Estoy esperando una indemnización del gobierno… y me caso. Y tú y Lidia tenéis que ser los padrinos”. “Eso dalo por “descontao””, afirmaba categóricamente Blas.
El caso fue que Créspito, cosa rarísima, aunque cierta, aproximadamente al año de su retorno, fue indemnizado por el gobierno… “Por los servicios prestados a la Madre Patria”, decía literalmente el escrito oficial que daba fe del hecho.
Con ese dinero, Créspito le compró las tierras, la pareja de mulas y los aperos de labranza al tío Francisco, apodado “El Nieva” porque cuando vino de la mili se trajo un calendario zaragozano, el cual casi todos los días del invierno pronosticaba nieve. “Hoy nieva, ¿qué te juegas a que hoy nieva?”, se tiró aseverando y porfiando un día sí y otro también el tío Francisco. “El Nieva” vendía las tierras y utensilios porque sus 78 años ya no lo dejaban inclinarse hacia la tierra para sacarle a ésta sus frutos dignamente. “Y como sé que te vas a casar muy pronto, Créspito, te doy en el lote, como regalo de bodas, los dos quiñones que roturé con gran esfuerzo en “La Rigera”, para que te sirvan de huerta. Sólo te pido una cosa, que me des algún tomate o pimiento”. “Eso está hecho, Nieva”.

La boda de Crépito se celebró por todo lo alto. Los festejos duraron una semana, todos los días con verbena de orquesta, cohetes y pasacalles. Se comió la carne de dos terneros; también se dio buena cuenta de veinte corderos lechales e infinidad de pollos y conejos. Como ésa, no ha existido otra boda en ese pueblecito, ni tampoco en kilómetros y kilómetros a la redonda, pues la alegría y el vino corrían a chorros y parecía tocarse el cielo en el desmadre de esos días, en los que Don Celedonio era el más feliz de todos si exceptuamos a los novios.

Sin embargo, no hay luna sin cara oculta, ni moneda que no tenga dos caras.

Créspito ya era padre de dos de los nueve hijos que tendría en total, cuando una tarde de primavera, viniendo de la huerta envuelto en su peculiar nube de humo con el azadón al hombro, fue reconocido de lejos por el cartero, quien una vez que lo tuvo a su altura, le entregó una carta diciéndole:

-Creo que esta carta le pertenece, porque tiene su remite. Las otras se las daba a su hermano, pues su padre, ¡que en paz descanse!, enfermó y murió al poco tiempo de irse usted a la guerra. En realidad, a su padre no le entregué ninguna carta.

Fue así como Créspito descubrió que su hermano Blas y el cartero eran los únicos que sabían que él estaba vivo. Que lo supiera el cartero no le importaba, pues venía al pueblo a repartir la correspondencia una vez cada quince días y no estaba al corriente de su historia, pero la idea de que su propio hermano estaba engañando a todo el mundo, y en especial a Lidia, lo llenó de un odio repentino que no había sentido nunca, como nunca hubiera querido que esa carta retornara a las manos que la habían escrito, pasados casi tres años, seguro que después dar la vuelta al mundo varias veces.
Pesada carga la que le tocaba ahora. Frenético y enloquecido, se encaminó a la casa del hermano traidor, cuya puerta empujó con tal violencia que casi la destartala, y allí en la cocina se encontró a Blas soplando a la lumbre con el fuelle. “Te faltaba ésta, canalla”, le dijo arrojándole la carta a la cara, luego, levantando el azadón, fuera de sí, lo encaminó al cráneo de Blas, quien instintivamente se protegió usando el fuelle como escudo, pero el golpetazo fue tan terrible que cayó mareado al suelo. Ahora estaba a su merced, y ya se disponía a darle el golpe de gracia cuando la voz de Lidia, portadora de un cántaro de agua sobre el costado, le gritó desde la puerta de la cocina:

- ¡No lo hagas, Créspito! ¡Por el amor de Dios, no lo hagas! Mira que dejas huérfanos a tus hijos, pues te meterán en presidio ¡Detente por tus hijos y tu mujer, por favor!

- Tienes razón, Lidia,- le respondió él desistiendo de su intención- no merecen las tropelías de éste ser pagadas por inocentes. Estuve loco, más que Don Quijote. Ya estoy cuerdo. Demasiado cuerdo.

- ¿Pero qué ocurre?- Repuso ella.

- Pregúntale a esta alimaña rastrera.

Créspito se marchó, aún hirviéndole la sangre. Blas, de rodillas, se abalanzó sobre Lidia, y abrazándola fuertemente a la altura de las nalgas con la cabeza apoyada sobre su vientre, le suplicaba perdón. Ella perdió el equilibrio y dejó caer el cántaro, que se hizo añicos contra el suelo de cantos rodados mientras le preguntaba que qué le tenía que perdonar. El le fue contando… Le contó cómo el amor y los celos lo habían cegado hasta hacer la barbaridad que había hecho, sobre todo al ocultarle a ella las cartas en las que Créspito hablaba de su próximo regreso y de cuánto quería a su Lidia.
Lidia, nunca lo perdonó, ni volvió a dormir con él en el mismo lecho. Al poco tiempo lo abandonó porque no soportaba ni siquiera su presencia.
Créspito tampoco lo perdonó. Ahora, de alguna manera, tenía dos mujeres que cuidar.
Y la vida siguió hasta estos días de mil novecientos cincuenta y ocho en que alguien ha querido que, esta intrahistoria, y sus protagonistas, no caigan por la cascada del olvido.

Firma: Alfonso Toribio