A uno no le gusta escribir ciertas composiciones, aunque el lenguaje se rinda a tus pies, lo doblegues, y dejes plasmada, de forma más que satisfactoria, la idea requerida por tu intelecto. Uno no se siente mejor porque gente entendida en literatura te felicite, en especial por “PEPE JERINGA”... y te diga que el relato tiene pasajes de verdadera altura literaria, pues lo que clama al cielo y quieres, está bajo tierra por una sarta de errores médicos.
Una vez que has escrutado con lupa todo el proceso de asistencia médica llevada a cabo por galenillos del centro médico “La Guareña”, y por extensión del Sacyl Rural, comprendes, aunque lo rechaces de plano, que aumente la indignación de algunos usuarios que quieren ahogar físicamente a médicos sin vergüenza y sinvergüenzas. Una vez que has analizado el sistema de salud ofrecido en ciertas zonas de Castilla y León, te sonríes con la tragedia en los labios cuando le oyes decir a los políticos que España es la octava potencia económica mundial, pues constatas en tus carnes que en materia sanitaria, una de las fundamentales junto a la de la educación, la realidad es que lo que prima es un subdesarrollo enquistado desde los tiempos de la célebre iguala.
El caso de mi madre, como saben algunos por periódicos y otros por las webs de Madrigal y El Maderal, está, civilizadamente, en los tribunales de justicia, pero cómo me gustaría haber sido, primero, el Marqués de Sade, y luego, Robespierre, para aplicarles la misma medicina y quitar del medio la cepa virulenta de médicos que hicieron sufrir a mi madre diagnosticándole, deprisa y corriendo, lo que no padecía, para, al tercer día, rematarla, pues le ucurrió al revés que a Jesucristo, como si la medicina y la doctrina de Hipócrates no fueran con ellos y se tratara, más que de médicos, de anticristos de la medicina.
Sin embargo, la culpa no es suya del todo, de que anden así, lamiéndose los lomos algunos médicos como si fueran bueyes sueltos cebados, ni de que actúen con tan nefasto grado de irresponsabilidad y descoordinación, hasta el punto de dejar morir a las personas y hacerlas sufrir más de la cuenta, no, la culpa no es suya del todo, parte de la culpa está más arriba, está en los despachos, está en esos seres jerarquizados y burócratas de turno que consienten que esas avecillas del infierno saquen sus guadañas de pesebre de fin de mes, y sieguen vidas por dejación profesional. "¡Sentimos la pérdida de su madre!, le contestaron a mis quejas los jerarcas de despacho y corbata. ¡Ya sentiréis de verdad la pérdida de la vuestra!, os respondo yo ahora.
Quizá lo más sangrante sea, que la sociedad, que los ciudadanos, han dotado de medios técnicos suficientes a la sanidad pública para detectar un infarto con síntomas de infarto, como era el de mi madre. Lo que no puede hacer la sociedad es colocar en la frente de los enfermos un cartelito que le indique al médico la enfermedad correspondiente a su dolencia.
Jean Baptiste Poquelin trata a estos médicos sin escrúpulos en clave de comedia, ridiculizándolos, yo lo hago en clave narrativa, para ello, uso, por ejemplo, una figura claramente englobada en el ámbito del discurso narrativo: el narratario. Sancho me sirve de destinatario interno de la narración, porque a Sancho y mí nos une respectivamente el dolor inenarrable por la pérdida de un ser querido insustituible, nos une el mismo vacío y la misma rabia, porque a Don Quijote lo mató la falta de ideales dignos de una sociedad roma, y a mí madre la pérdida de valores de galenos que yo sitúo en la otra vertiente de Hipócrates, en ese lugar sombrío de la montaña donde la ética y el buen proceder médicos se deslizan pendiente abajo, embalsamados en vida, dentro de un corrupto y maloliente sarcófago egipcio, cual es ya y será siempre para mí el centro médico "La Guareña", sito en Fuentesaúco (Zamora), en el que cuatro de sus médicos podrían dedicarse a barrer las calles para no ensuciar el buen proceder de profesionales serios que velan de verdad por la salud de los enfermos y hacen religión de su juramento hipocrático.
Alfonso Toribio, en memoria de Florencia Toribio Sevillano.